miércoles, 27 de agosto de 2025

Plantado



Todo empezó en la iglesia, el día de la boda. ana, radiante en un vestido blanco de encaje que abrazaba cada curva, miró a su novio sebastian — un tipo sencillo, buenazo, pero sin chispa —y decidió que no. en el altar, con los invitados boquiabiertos, lo plantó sin un ápice de culpa. sus ojos ya estaban fijos en rodrigo, el ricachón de 40 años que esperaba afuera en un lamborghini negro. la madre de sebastian, desde la primera fila, la fulminó con la mirada. “maldita seas, niña egoísta. vas a pagar por humillarlo”, siseó entre dientes mientras ana se largaba del brazo del magnate, riendo como si el mundo le perteneciera.

el penthouse de rodrigo era un palacio de vidrio y mármol en el corazón de la ciudad. vistas panorámicas, una cama king size con sábanas de satén negro, y un espejo en el techo que reflejaba cada movimiento. ana se desnudó con hambre, dejando caer el vestido de novia como si fuera trapo viejo. sus tetas, redondas y firmes, rebotaban al moverse; sus caderas anchas y su cintura de avispa eran un imán. se montó sobre rodrigo, quien ya estaba desnudo, su verga gruesa y dura lista para ella. el aire olía a sexo y champán caro. ella se deslizó sobre él con un gemido gutural, su coño húmedo tragándolo entero, moviéndose arriba y abajo con un ritmo salvaje. sus uñas pintadas arañaban el pecho bronceado de él mientras sus gemidos llenaban la habitación. el espejo arriba mostraba su culo perfecto subiendo y bajando, sus tetas saltando con cada embestida.



entonces, la maldición golpeó. primero fue un cosquilleo raro en la piel, como si miles de agujas la pincharan. ana frunció el ceño, pero no paró; el placer era demasiado intenso. miró hacia abajo y vio algo imposible: vello negro y grueso brotando de sus piernas suaves como si fuera musgo creciendo en tiempo récord. los pelos subieron por sus muslos, espesos y rizados, hasta cubrirlos por completo. el vello trepó más, invadiendo su vientre plano, rodeando su ombligo en un remolino oscuro. llegó a sus tetas—esos globos perfectos comenzaron a cubrirse de pelo áspero, negro, que se extendía como una alfombra hasta el cuello. sintió un ardor en la barbilla; se tocó y notó una barba incipiente, dura, que crecía a cada segundo hasta formar una mata densa que le llegaba al pecho. jadeó, pero el movimiento de sus caderas no cesó; el morbo mezclado con terror la tenía atrapada.

sus caderas anchas, esas curvas que volvían loco a cualquiera, empezaron a encogerse. era como si alguien exprimiera su cuerpo desde los lados—los huesos crujieron, achicándose hasta volverse rectas, angulosas. las tetas, ahora cubiertas de vello, comenzaron a desinflarse como globos pinchados. la carne se derritió bajo la piel peluda, dejando solo un pecho plano, duro, donde los pezones desaparecieron bajo capas de músculo que surgían de la nada. sus brazos delgados, antes femeninos, se hincharon con venas protuberantes, bíceps y tríceps marcados como si hubiera pasado años en el gimnasio. las piernas, antes finas como columnas griegas, se engrosaron con músculos definidos, los muslos ahora troncos cubiertos de vello que raspaban contra la piel de rodrigo.

él lo notó. sus ojos se abrieron como platos, el pánico reemplazando la lujuria. **“¿qué mierda te pasa?”**, gritó, empujándola con fuerza. ana cayó al suelo, desnuda y jadeante, mientras sentía algo aún más extraño entre las piernas. su coño, húmedo y abierto segundos antes, comenzó a cerrarse. los labios vaginales se fusionaron con un dolor punzante, como si cosieran carne viva. sintió una presión interna insoportable; algo empujaba desde dentro hacia fuera. la piel donde antes estaba su entrada se abultó, formando una bolsa arrugada que colgaba pesada. dentro, podía sentir cómo dos masas redondas descendían lentamente, llenando el saco con un peso nuevo—sus testículos emergiendo como si siempre hubieran estado ahí, calientes y palpitantes.


el cambio final fue el más brutal. su uretra se separó con un ardor infernal, como si quemaran tejido vivo. al mismo tiempo, su clítoris—ese pequeño botón de placer—empezó a crecer descontrolado. se alargó, engrosó, transformándose ante sus ojos en algo venoso, duro, circuncidado. era un pene completo, erecto por la adrenalina del cambio, latiendo con una mezcla enferma de horror y excitación residual. cada vena parecía viva, cada pulso enviaba una corriente eléctrica por su nuevo cuerpo. tocó esa cosa extraña entre sus piernas con manos temblorosas, ahora callosas y enormes, incapaz de procesar que ese pedazo de carne dura era suyo.




rodrigo, pálido como un cadáver, agarró el vestido de novia del suelo y se lo lanzó a la cara. **“¡fuera de mi casa, fenómeno!”**, rugió, empujándola hacia la puerta del penthouse. ana—no, ahora no sabía ni quién era—tropezó, el vestido colgando inútilmente sobre su cuerpo peludo y musculoso. salió al pasillo lujoso, las luces brillantes iluminando cada pelo, cada músculo fuera de lugar. el mundo giró violento; el shock fue demasiado. cayó al suelo de mármol frío, desmayándose mientras los últimos ecos de placer sexual se mezclaban con el asco de lo que ahora era.



desperté en el hospital, el olor a desinfectante quemándome la nariz. mi ropa—o lo que quedaba de ella—estaba hecha jirones, y la pequeña bolsa que llevaba no tenía nada: ni identificación, ni tarjetas, ni un maldito peso. los médicos y pacientes me miraban como si fuera un bicho raro, susurrando “loco” y “drogado”. intenté explicar, pero mi voz, ahora grave y áspera, solo empeoraba las cosas. una enfermera, clara, de unos 30 años, con ojos amables pero cansados, fue la única que no me juzgó. “vámonos antes de que te encierren”, murmuró, sacándome por una salida trasera. sin nada a mi nombre, me llevó a su casa, un apartamento modesto pero acogedor al otro lado de la ciudad.


vivir como hombre era un infierno que no esperaba. la primera vez que me golpeé los huevos contra el barandal de la escalera, el dolor fue como un rayo directo al cerebro—un recordatorio punzante de mi nueva anatomía. busqué trabajo donde pudiera; nadie en casa de clara creía mi historia de transformación, así que terminé en construcción. cargaba bloques bajo el sol ardiente, mis músculos nuevos sudando y doliendo cada día más. llegaba agotado, y clara me esperaba con comida caliente—pollo guisado, arroz, algo sencillo pero reconfortante. me consentía como si fuera un niño perdido, aunque yo apenas entendía cómo navegar esta vida de hombre. hasta sentarme a orinar fue un desastre; la primera vez acabé mojado, aprendiendo a punta de error que ahora tenía que hacerlo de pie.

pero algo me llamaba, una tensión que no podía nombrar. una noche, viendo películas en el sofá raído de clara, su mano rozó mi muslo, subiendo demasiado alto. un calambre eléctrico recorrió mi entrepierna; mi pene, atrapado en unos jeans ajustados que no sabía cómo comprar bien, se endureció al instante. el dolor de la erección apretada contra la tela era nuevo, urgente, como si algo dentro exigiera salir ya. no tenía idea qué hacer como hombre. mis manos temblaban, mi respiración se cortó. clara notó mi torpeza y sonrió con una mezcla de ternura y picardía. “deja que te ayude”, susurró, desabotonando mis jeans con dedos expertos.

me desnudó lento, casi como un ritual. los jeans cayeron al suelo con un ruido sordo, liberando mi verga venosa y circuncidada. estaba dura como piedra, latiendo con cada latido de mi corazón, la piel tensa y brillante por la presión acumulada. ella se quitó la blusa, dejando ver sus tetas redondas bajo un sostén simple de algodón. se arrodilló frente a mí, y cuando su boca caliente envolvió la cabeza de mi pene, casi colapsé. la sensación era indescriptible—una succión húmeda y cálida que me recorría desde la punta hasta los huevos. cada lamida suya enviaba ondas de placer tan intensas que mis piernas temblaban. no sabía que algo podía sentirse así; como mujer nunca había experimentado esta urgencia cruda, esta necesidad de explotar. mis manos instintivamente agarraron su pelo mientras ella chupaba más profundo, su lengua girando alrededor de mi glande sensible. duré menos de 20 segundos. el clímax llegó como un puñetazo—un espasmo violento desde la base de mi columna hasta la punta de mi verga. eyaculé dentro de su boca con un gruñido ronco, chorros calientes y espesos que parecían no terminar. ella tragó todo sin parpadear, limpiándose la comisura de los labios con una sonrisa.


“ahora me cumples”, dijo con voz firme, recostándose en el sofá y abriendo las piernas. yo sabía lo que quería; aunque ella no era lesbiana y admitió que le daba algo de asco estar con alguien que parecía una mujer en su pasado, confié en lo que conocía. me arrodillé entre sus muslos, bajándole las bragas empapadas. su coño estaba hinchado de deseo, los labios rosados brillando con humedad. el olor era dulce y salado a la vez, un aroma que conocía bien de mi vida anterior pero que ahora golpeaba diferente. pasé la lengua lenta por su clítoris hinchado, saboreando cada pliegue mientras ella gemía suave. sabía exactamente dónde tocar—recordaba lo que me volvía loca antes. chupé con precisión, alternando con círculos rápidos de mi lengua mientras mis dedos callosos exploraban dentro de ella, curvándose para encontrar ese punto que hacía arquearse su espalda. sus jugos sabían intensos, almizclados, cubriendo mi barba áspera mientras trabajaba. mis propios testículos aún palpitaban del orgasmo anterior, y sentía mi pene semierecto rozando contra el sofá, sensibilizado por cada movimiento. cada gemido suyo resonaba en mí como un eco de lo que solía ser.

tras minutos de lamer y tocar—mis labios hinchados por el esfuerzo—clara explotó con un grito agudo. un chorro cálido salió de ella, empapando mi cara y cuello mientras su cuerpo temblaba descontrolado. el sabor era más fuerte ahora, casi amargo, pero seguí lamiendo hasta que sus convulsiones pararon. levanté la vista, jadeando, con su humedad goteando de mi barbilla. ella me miró con ojos vidriosos, satisfecha pero vulnerable.

una hora después, la acción se trasladó a la cama de clara. estábamos agotados, pero mi pene volvió a endurecerse, latiendo con una urgencia que no podía ignorar. la piel tensa, las venas marcadas, todo pedía más. me subí encima de ella, torpe como un adolescente que no sabe ni dónde poner las manos. penetrar a una mujer por primera vez como hombre fue... desconcertante. su coño estaba caliente, húmedo, envolviéndome con una presión que era a la vez familiar y alienígena. pero no era lo mismo que sentir desde el otro lado. empujé con poca gracia, mis caderas chocando contra las suyas sin ritmo, entrando y saliendo sin control. no sabía cómo moverme; mis instintos de antes no servían de nada. sentía el roce, el calor, pero también una desconexión—como si mi cuerpo actuara por su cuenta mientras mi mente se resistía. tocarle los senos me daba asco, un rechazo visceral; esos montículos suaves que alguna vez tuve ahora me parecían ajenos, repulsivos. aun así, mi cuerpo traicionero los apretaba, deseando más, atrapado en una lujuria que no entendía.

eyacular tampoco fue igual. cuando llegó el clímax, tras unos minutos de embestidas descoordinadas, fue un espasmo rápido, un alivio físico pero vacío. no había capas, ni oleadas de placer como cuando era mujer. los orgasmos múltiples que recordaba con nostalgia eran un lujo perdido; esto era un disparo único, un vaciamiento que me dejó más frustrado que satisfecho. sudado y jadeante, me derrumbé a su lado, odiando cada segundo de esta cáscara masculina.

con el tiempo, algo cambió. empecé a comprarle ropa que yo habría usado: vestidos ajustados que marcaban cada curva, lencería de encaje negro, tangas diminutas que apenas cubrían. verla con eso era como verme a mí misma de antes, un eco enfermizo de lo que perdí. cada noche, durante un año entero, follábamos sin parar. era una rutina adictiva, un intento desesperado de llenar el vacío. pero sabía que esto era irreversible; la maldición no iba a deshacerse sola.

tras ese año, decidí dar el paso. le propuse matrimonio a clara. ella aceptó, con una sonrisa tímida pero feliz. planeamos una boda modesta, en una iglesia pequeña, con poca gente—nada que ver con el circo de mi vida anterior. pero el día llegó, y mientras esperaba en el altar, con un traje barato que me quedaba grande, clara no apareció. murmullos entre los pocos invitados, miradas de lástima. luego lo supe: se había ido con un cirujano, un tipo con plata y promesas de una vida mejor. en segundos, lo perdí todo otra vez. sin casa—ella me echó del apartamento—, sin esposa, sin nada más que la ropa que llevaba puesta.

solo me quedaba una opción: buscar a mi ex, la madre de mi antiguo novio, y rogarle que quitara esta maldición. tenía que enfrentarla, aunque fuera lo último que hiciera.

caminé bajo la lluvia, empapado y destrozado, hasta encontrar la casa de mi ex. el barrio seguía igual, con sus jardines cuidados y el olor a hierba recién cortada. toqué la puerta con manos temblorosas, y cuando abrió, su cara pasó de confusión a desprecio en un segundo. “¿quién carajos eres?”, gruñó, mirándome como si fuera un mendigo desquiciado. intenté explicarle, pero no me creía—hasta que solté detalles íntimos, cosas que solo yo podía saber: la marca de nacimiento en su cadera, las palabras susurradas en nuestra primera noche. sus ojos se abrieron de golpe, la incredulidad transformándose en horror. “no puede ser...”, murmuró. me confirmó que su familia y la mía me habían buscado por meses, pensando que había muerto. y ahí estaba, un desastre viviente pidiendo ayuda.

me acerqué, desesperado por sentir algo familiar, e intenté besarlo. pero se apartó con una mueca de asco, retrocediendo como si fuera veneno. entonces la vi: una chica deslumbrante detrás de él, piernas largas como columnas, cintura diminuta, senos redondos y perfectos aunque no muy grandes. su nueva novia. mi pecho se apretó, un nudo de celos y pérdida. salí de ahí sin decir más, caminando sin rumbo hasta derrumbarme bajo un puente, la lluvia golpeándome como si el cielo mismo me odiara. rogué por una segunda oportunidad, por estar con él de nuevo. entonces, un dolor punzante me atravesó, como si mi carne se desgarrara desde adentro. mi cuerpo comenzó a cambiar otra vez.


desperté en una cama desconocida, abrazada por él. mi piel era suave, mis curvas idénticas a las de esa chica. me llamó “karen” con una voz cálida, y no lo dudé: lo besé con desesperación, sintiendo por fin algo que reconocía. recordando lo que era ser mujer, bajé hasta su entrepierna, chupando su pene con una mezcla de hambre y nostalgia. el sabor salado, la textura firme contra mi lengua—todo era familiar pero nuevo. luego lo monté, mi vagina en este cuerpo tan pequeña que cada embestida dolía como un cuchillo. aun así, lo disfrutaba; los orgasmos múltiples regresaron, recorriendo mi cuerpo en oleadas que me hacían temblar. me prometí ser la mejor mujer para él. le cocinaba platos elaborados, le daba pequeños detalles diarios, y le ofrecía todo el sexo que quisiera, aunque cada penetración ardiera como fuego.

unos días antes de nuestra boda, descubrí que estaba embarazada. el peso del futuro se sentía real, pero también ilusorio. el día llegó, mis nuevos padres—que no sabía ni cómo habían entrado en esta vida—me llevaron al altar. la iglesia estaba llena de rostros que apenas reconocía. pero él no estaba ahí. el hijo de puta se había fugado con su secretaria tetona. otra vez abandonado, otra vez roto. esta maldición parecía un ciclo interminable, una prisión de carne y traición que nunca iba a soltarme.
criar a mi hija fue un infierno. estudiar y trabajar al mismo tiempo, apenas llegando a fin de mes, era un desgaste constante. el cuerpo de karen no tenía apoyo; sus padres también la habían abandonado, murmurando que “seguro la niña es de otro” y por eso su hijo me dejó. vivía con lo mínimo, racionando cada peso para pañales y leche, mientras cargaba el peso de un pasado que no podía borrar. los años pasaron como un borrón agotador; 20 años después, estaba cansada, arrugada antes de tiempo, sobreviviendo con migajas.

mi hija, mi único orgullo, creció y se enamoró de un chico rico. cuando me dijo que se iba a casar, sentí un alivio que no había conocido en décadas. pero en la boda, la historia se repitió como un maldito eco. mi futuro yerno no llegó. la maldición había caído sobre ella también. embarazada, igual que yo, se quedó plantada en el altar, destrozada. entonces entró mi ex a la iglesia, con esa mirada de desprecio que nunca olvidaría. “sabía que eras tú desde esa acogida en la mañana”, escupió. “no sé cómo carajos lo hiciste, pero no me iba a casar con una mujer que fue hombre y luego robó el cuerpo de mi novia. tu hija se merece todo lo que le está pasando”. sus palabras fueron un puñal, pero lo peor vino después: su hijo, el que iba a ser mi yerno, entró del brazo de una chica joven, hermosa, más que mi hija. la humillación fue absoluta.

los maldije a todos con cada fibra de mi ser, gritando improperios que resonaron en las paredes de la iglesia. pero esta vez, nada pasó. no hubo transformación, ni dolor punzante, ni escape. solo silencio. mi hija y yo terminamos criando a mi nieta juntas, compartiendo el mismo techo destartalado, las mismas penas. rogábamos en silencio que ella fuera lesbiana, que nunca tuviera que pasar por este ciclo de traición y abandono que nos había destrozado. era lo único que nos quedaba: una esperanza frágil contra una maldición que parecía eterna.


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